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“Quienes en nombre de la Fe abrazan una ilusión, matan y son muertos.
Hasta el ateo recibe las bendiciones de Dios por no vanagloriarse de su religión;
enciende reverente la lámpara de la Razón
y presta homenaje, no a las escrituras,
sino a lo que hay de bueno en el hombre.
El fanático denigra a su propia religión
cuando quita la vida a un hombre de otra fe.
No juzga su conducta a luz de la Razón;
enarbola en el templo la bandera manchada de sangre y adora al diablo en el nombre de Dios.
Todo lo que hay de vergonzoso y de bárbaro a través de las Épocas,
ha encontrado cobijo en sus templos…
A los que convierte en prisiones.
(…)
Lo que hace libre al hombre,
ellos lo convierten en grilletes;
lo que le une,
lo tornan en espada;
lo que reporta amor
desde el manantial de lo Eterno,
ellos lo convierten en cárcel
e inundan el mundo con sus olas.
Tratan de cruzar el río
en una barca llena de agujeros;
y no obstante, en su angustia,
¿a quién echan la culpa?”
Rabindranath Tagore (Calcuta, 1861-1941) nos regaló esta reflexión en su poema Falsa religión, en la serie Poemas de Esperanza y Desafío.
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